Lamento por mi cartera vieja

Creo que ahora sí tendré que cambiar de cartera. Me he resistido, pero ahora sí es inminente: se está deshaciendo. No es una cartera de lujo. Es un modelo jipiteca, diría yo. Mi abuelo la compró en un lugar de artesanías mexicanas para llevársela de regalo a mi primo. Mi primo la vio, le agradeció y a las pocas horas me estaba diciendo que no le gustaba. Le ofrecí un dólar y algunas monedas que traía en la bolsa. Aceptó e hicimos nuestro negocio.

Yo había tenido unas cuantas carteras antes de esa, pero por alguna u otra razón no me duraban. Recuerdo una de piel y una de tela. La de tela me parecía moderna, a la moda, porque todos en la secundaria usaban una parecida.

La que mi abuelo le regaló a mi primo, y después él me la vendió a precio de ganga, si tomamos en cuenta todo el tiempo que me ha durado, es de un tipo de cuero (creo) azul que durante los primeros años traía unos dibujos prehispánicos y unas costuras muy marcadas a los lados, gruesas, de algo que yo llamaría «hilo blanco grueso y encerado», pero sabrá dios qué es en realidad. Nunca se había roto de ningún lado hasta hoy, dos meses después de que me regalaran una nueva.

Sacando cuentas, llevo poco más de veinte años con esa cartera. Nunca pensé que duraría tanto. Creí que la perdería en algún momento, como aquellos dos celulares que perdí; creí que me la robarían en la calle o en Europa donde dicen que hay muchos carteristas; o en Colombia donde es muy inseguro, igual que mi país. Pero no.

Sobrevivió. Sobrevivió a noches llenas de desmanes dionisiacos, a la humedad del mar, al sudor de mi pierna en el desierto. Aguantó maltratos, climas adversos, condiciones incómodas. Pero, finalmente, no pudo más. La piel se ha desgarrado, el hilo que unía los retazos sigue resistiendo, pero al haber vencido la orilla de la cartera, ahora está colgando, sobresaliendo con un pedazo de piel como si fuera un cordón umbilical con fragmentos de placenta. Ha llegado a su fin y no me decido a tirarla. 

Tengo la cartera nueva esperando su turno. Sin embargo, algo me detiene al cambio. Sé que aunque ésta sí es de marca, no me va a durar tanto. En pocos años estaré buscando el nuevo reemplazo. Eso me hace pensar en que, aunque mucha gente, familiares y amigos me vieron por años con mi cartera vieja y fea, a nadie nunca se le ocurrió regalarme una. A nadie le sorprendió su aspecto, nadie lo vio mal en mí. Nadie creyó que no fuera con mi personalidad o que requiriera ese tipo de regalo. Mejor me regalaban un libro o una chamarra, sin importar que tuviera muchos libros y muchas chamarras. No llamaba la atención mi cartera. Tanto por su aspecto físico como nutricional, no le interesaba a nadie. Y, a pesar de todo, ahora sí tengo que dejarla. Su funcionalidad ha desaparecido. Siento la maldición de la bata de aquel famoso filósofo que se me aproxima, pero no me queda de otra más que dar un salto de fe, esperando que no resulte tan mal el cambio como lo imagino.