Kurt Vonnegut: la risa frente a la tragedia

La risa tiene un efecto balsámico, aunque las circunstancias sean desgarradoras. Un funeral es un claro ejemplo. La solemnidad del evento y lo inexplicable de la muerte incitan a los asistentes a contar un chiste para mostrar lo absurdo de la existencia. El humor funciona como un medio para reestructurar la conciencia después de un trauma, para intentar recuperar la confianza en la que descansaba nuestra vida. Al mostrar lo incongruente de esa realidad que se presenta, esta se vuelve menos ajena y más digerible. Sin embargo, el camino para lograrlo suele ser largo y complicado.

Al escritor Kurt Vonnegut Jr. le tomó veinticuatro años escribir una novela sobre el bombardeo de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras era prisionero de los alemanes en esa ciudad, vivió esa masacre inútil e injustificable causada por las fuerzas aliadas.

Durante el bombardeo de Dresde Vonnegut sostuvo que habían muerto más de 135,000 personas, aunque investigaciones posteriores han reducido la cifra a alrededor de 25,000. Lo que intrigó a Vonnegut fue que “Dresde no tenía valor táctico; era una ciudad de civiles”. Desde su perspectiva, aquella destrucción parecía responder al deseo de matar al mayor número de alemanes posible antes del final de la guerra.

“Yo vi la destrucción de Dresde. Vi la ciudad antes y después del ataque aéreo y ciertamente una respuesta fue la risa”. Ante el asombro de ver convertida en cenizas esa bella ciudad, por algo la llamaban la Florencia del Elba, y no encontrar una explicación, la carcajada demente fue la única respuesta congruente. Una risa de desesperación, de miedo e impotencia al enfrentarse a una realidad ajena; una risa que era el único escape posible a la impotencia del momento. Por eso, para el escritor estadounidense, cualquier tema es un tema para la risa y supone que en Auschwitz debió de haber habido risas por parte de las víctimas, una forma terrible y lamentable de conservar la energía necesaria para seguir viviendo.

Al volver Kurt Vonnegut de la guerra, se enfrentó a las mentiras que difundía su gobierno en relación con el bombardeo al que había sobrevivido. En el prólogo de Matadero Cinco, su libro sobre la guerra, cuenta lo siguiente: “Cuando volví a casa después de la Segunda Guerra Mundial, hace veintitrés años, pensé que me sería fácil escribir un libro sobre la destrucción de Dresde, ya que todo lo que debía hacer era contar lo que había visto.” Y agrega más adelante: “Pero cuando me puse a pensar en Dresde las palabras no acudían a mi mente, al menos no en número suficiente para escribir un libro”. Tuvieron que transcurrir más de veinte años desde el bombardeo para que salieran las palabras que formarían esa novela. Salieron en el único estilo que le fue posible: con una fina ironía y un humor desenfrenado donde podemos ver a su protagonista, Billy Pilgrim, viajar por el tiempo, desde 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, hasta 1967, cuando fue raptado por un platillo volador que lo llevó al planeta Tralfamadore.

Los tralfamadorianos le enseñaron a Billy su concepción del tiempo: “Todo el tiempo es todo el tiempo. Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente es. Tome los momentos como lo que son, momentos, y pronto se dará cuenta de que todos somos, como he dicho anteriormente, insectos prisioneros en ámbar”. Por eso, “cuando una persona muere, sólo muere aparentemente. Continúa estando muy viva en el pasado, y por lo tanto es muy estúpido que la gente llore en su funeral”. El tiempo es una totalidad que cualquier tralfamadoriano puede ver en el punto que le plazca. Si ve un cadáver, “todo lo que se le ocurre pensar es que la persona muerta se encuentra en malas condiciones en aquel momento particular; pero sabe que aquella misma persona puede encontrarse estupendamente en muchos otros momentos”.

Esas son las armas que utiliza Kurt Vonnegut para criticar las guerras en general y el bombardeo de Dresde en lo particular: hablar con ironía de la muerte, burlarse de las acciones y acontecimientos que sufren los soldados (de los que formó parte) y, sobre todo, mostrar un mordaz desprecio por los apologetas bélicos. Esto último se refleja en varios de sus libros, como Cuna de gato, Pájaro de celda y Galápagos.

Su libro está escrito con una estructura complicada, pero nunca se pierde el hilo de la narración. De forma sencilla y amena nos va mostrando las complejidades de la guerra y sus desafortunados desenlaces. A pesar de su claridad, él se justifica diciendo que “si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza”.

En esta época en la que la susceptibilidad moral está a flor de piel y es muy fácil sumarse a la oleada de indignaciones para sentirse más virtuoso, hace falta la risa: burlarnos de la solemnidad con que se tratan muchos temas para ver el frágil esqueleto en el que se apoyan o permitir que el humor quite la basura que se acumula alrededor para poder enfocarnos en lo que realmente vale la pena. Burlarnos de la tragedia y así darnos cuenta de lo estúpidas que fueron las causas y, muchas veces, sus consecuencias. Bajar la guardia para escuchar el mensaje que hay en la risa.